Ordenando cajas del escritorio pre-mudanza. La hija encuentra papeles viejos olvidados en una caja, también olvidada. Las lee y se emociona, parecen haber salido de un cuento. “De esos cuentos de amantes, que se escriben cartas porque se quieren” pensó. Con sus 11 años había leídos pocos de esos, pero sabía lo suficiente.
Se acercó a su mamá, que estaba un poco más lejos guardando algunos libros y le alcanza el manojo de papeles viejos.
Hija; nunca me contaste del novio que te escribía esas cartas en tercer año.
Mamá tarda en responder. Los agarra y los pone en la bolsa de basura, sin mirarlos.
Mamá; bueno… la gente no suele hablar de cosas que no pasaron.
Hija; pero si esto sí pasó, acabás de romper las cartas.
Mamá; bueno, pasó, pero hay que hacer –yo hago- como si no hubiese pasado.
Hija; eso sería negarlo. Y estaría mal…
Mamá; depende en qué circunstancias. ¿Por qué estaría mal ahora? ¿No te enseñé yo que los recuerdos que te hacen mal es mejor olvidarlos?
Hija; ¿Y eso cómo se hace, má? ¿cómo se olvida?
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