Hasta ahora había creído que estaba eligiendo un hombre. Como cuando elegís pollo o carne en una cena, pasillo o ventanilla en el micro, aceto o vinagre en la ensalada. ¿El malo o el bueno? ¿El divertido o el aburrido? ¿Quiero uno que me haga morir de risa o uno que me abrace de noche? ¿Necesito saber todo lo que va a pasar en la relación o ir viviendo el día a día sin saber adónde voy? ¿Prefiero sorpresa o seguridad? ¿Qué quiero? Pero ayer a la noche tuve una revelación. Esta decisión no tiene nada que ver con elegir un hombre; ni siquiera tiene que ver con elegir un modelo de hombre. Tiene que ver con una mujer. Yo tengo que decidir qué quiero para mí. Si bien esto empezó por un error, ¿es ese error mi motor genuino o una mera excusa para reconocer que quiero estar en pareja? ¿Estoy buscando una cita o el amor de mi vida?
Entonces, si defino qué estoy buscando, elegir a un hombre es la parte más sencilla. Se define solo.¿Pero realmente estoy eligiendo solo a un hombre? ¿No estoy, de alguna manera, repitiendo la decisión que tomo cada vez que elijo la ropa a la mañana o un destino para las vacaciones? ¿No es acaso una duda universal, un cliché? ¿Voy a estudiar la carrera que más me conviene o la que más me gusta? ¿Voy a irme a vivir al barrio más lindo o al que me queda más cerca? ¿Prefiero un par de zapatos buenos y cómodos o unos stilettos infartantes?
Tengo que decidir qué clase de mujer soy. Si yo fuese a un programa de televisión a jugar por un millón de dólares... ¿sería la que se retira en la quinta ronda con cincuenta mil dólares seguros o la que sigue arriesgando hasta la última vuelta para ganar el premio mayor? ¿Soy de las que se quedan con la carta que les tocó o las que vuelven a pedir carta aunque se pasen de veintiuno? ¿Soy de las que se meten hasta el fondo del mar o las que solo se mojan los piés?
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