En la calle, lo tomó del brazo y, colgándose un poco, le pidió:
- Llévame a alguna parte. Tengo mucha sed.
Se cansaron caminando por todo el barrio; ninguno de los cafés ni de los almacenes estaba abierto. Clara casi no los miraba, pero insistía en la sed y en el cansancio. Él se preguntaba por qué la muchacha no se resignaba a que la dejara en su casa; no sería por falta de una canilla para beber y hasta bañarse toda y de una cama para dormir, como una reina, hasta el día del juicio final. Además, los caprichos de las mujeres lo aburrían. Pero de cansancio era mejor no hablar; se preguntaba cómo estaría él a la mañana siguiente, cuando se levantara a las seis para ir al taller. Tal vez pensó que le gustaría que la muchacha fuese un enanito de cinco centímetros, la metería en una caja de fósforos, guardaría la caja en el bolsillo y se iria a dormir. Clara exclamó:
- No sabés lo que me gusta andar con vos una noche como ésta.
La miró a los ojos y sintió que la quería mucho.
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