What is and what should never be.

20.4.11

23/2/2011. Puerto Varas. Chile.


El lago acompañaba al viento y el cielo presentaba el típico color grisáceo de los días con humedad; los autos se detenían en cada esquina normalmente, todos con sus respectivas luces prendidas y sus limpiaparabrizas yendo de un lado a otro sacando los restos de lluvia. Todo funcionaba perfectamente para mantener vivo al imperfecto esquema que formaba al mundo. Porque así debía ser. Porque así había sido siempre.
¿Y dónde estaba yo? Yo estaba donde tenía que estar; es decir, pensando en él, porque ese era parte de mi esquema para mantenerme en pié, para mantenerme funcionando. En una tarde cualquiera, un día cualquiera, después de varios meses sin tener ni una noticia de él, yo estaba recordando momentos que a esta altura parecía casi idiota que hayan pasado en la vida real y no dentro de mi imaginación, y por supuesto, también extrañándolo. Porque así debía ser. Porque así había sido siempre.
Además, yo sabía exactamente dónde estaba él; no solo a kilómetros de distancia física, sino a millones de kilómetros mentalmente, y fue exactamente esa inquietante certeza la que me dio a mí la pauta para entender lo que entendí en ese instante. Para entenderlo todo. Finalmente, en esa tarde cualquiera, en ese día cualquiera, mirando el agua transparente del río en Chile, entendí cómo eran finalmente las cosas. Él y yo habíamos quedado a millones de kilómetros de distancia mental. ¿Por qué? Porque así lo había querido él. Porque si verdaderamente me hubiese amado, si hubiese sido una persona fresca y sin innecesarias complicaciones, si no hubiese querido postponer sus sentimientos constantemente, en ese momento lo extrañaría con una satisfacción que me indicaba que lo único que quedaba era esperar que pase el tiempo, para llegar y volver a verlo. Pero, ¿qué clase de persona tiene una mente capaz de aplazar un deseo? Esperábamos el momento exacto, siempre nos encargábamos de esperar el momento exacto...¿pero para qué, precisamente? Como el agua podía convertirse en algo tan frío y conciso como el hielo, para pasar a ser algo tan inconcreto y difuso como es el vapor, nuestra mente sufre alteraciones, altibajos, subidas y fallas para llegar a cerrar y abrir ciclos y yo había aprendido que por más metáforas que encuentre, por más palabras que intente buscarle un segundo significado y por más defectos que dejé de encontrar en la desición de amarlo, mi mente no es ningún tipo de extratérreo que tiene la omnipotencia de cambiar los hechos solamente porque así es mi voluntad. Así era. Porque así debía ser. Porque así había sido siempre.
Entonces, ¿dónde estaba yo? 
Ya en la calidez de la habitación y con la certeza de que era este el momento exacto para cerrar el ciclo que había durado tanto, quizás el ciclo más puro y largo desde que había nacido, quizás el ciclo más importante en mi corta vida, quizás mi 'antes' más inexistente y mi 'después' más prolongado desde que tengo memoria. Finalmente había decidido hacer lo que era mejor para mí (para mí y no para nosotros, porque el tal nosotros había existido de una forma tan efímera y confusa...), cerraría otro ciclo, me vería obligada a estar en la etapia del odio incansable hacia todo lo malo que en él antes no había llegado a detectar; nos pediríamos perdón por el mal que alguna vez llegamos a causarnos, nos reiríamos de lo tontos que habíamos sido al enamorarnos y de lo lindo y fácil que era volver a ser amigos. Nunca más nos lastimaríamos el uno al otro y tendríamos la relación más linda y sincera en la historia de la amistad.
Porque así debía ser.
Porque así había sido siempre.

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