What is and what should never be.

7.8.10

Miré el fósforo, tan insulso, a punto de convertirse en fuego, mientras el reloj de la pared lateral de la cocina marcaba los últimos minutos de aquel jueves. Si tan solo ayer, a la misma hora hubiese sabido... ¿qué? ¿qué era concretamente lo que estaba pasando? Sentí el olor a pólvora en mis manos y una sensación de impotencia recorrió mi ser. ¿Así se habría sentido él en tiempos anteriores, en los que deliberó que quizás era mejor dejar de lado los sentimientos y tan solo... dejarse estar? Pero yo no podía dejar de lado lo que sentía, no podía dejarme de lado a mí misma. El reloj dio las doce campanadas, y deseé, entre tantas otras cosas, que el tiempo pasara rapidísimo, y que todos los días sean mañana, o los días en los que aparecía él en carne y hueso, con sus palabras. ¿Cómo hacerle entender que la única forma que yo podría estar bien era estando con él de una vez por todas? ¿Cómo hacerle entender que él era lo único (y a la vez la última cosa) que quería en ese momento? Así era. Y así había sido siempre.
Doce y cinco, doce y diez, doce y cuarto.
El tiempo seguía pasando y yo me quedaba inquieta, dando vueltas en el mismo lugar.