- Mírame -Dijo.
Alcé la vista y le sostuve la mirada. No supe responder. Ella bajó los ojos y se alejó hacia el extremo de la galería. Una puerta conducía a la balaustrada de mármol abierta al patio interior de la casa. Observé su silueta fundirse en la lluvia. Fui tras ella y la detuve, arrebatándole el sobre de las manos. La lluvia le azotaba el rostro, barriendo las lágrimas y la rabia. La conduje de nuevo hacia el interior del caserón y la arrastrñe hasta la calidez de la hoguera. Rehuía mi mirada. Tomé el sobre y lo entregué a las llamas. Contemplamos la carta quebrándose entre las brasas y las páginas evaporándose en volutas de humo azul, una a una. Bea se arrodilló junto a mí, con lágrimas en los ojos. La abracé y sentí su aliento en la garganta.
- No me dejes caer, Daniel -Murmuró.
El hombre más sabio que jamás conocí me había explicado en una ocasión que no existía en la vida experiencia comparable a la de la primera vez en que uno desnuda a una mujer. Sabio como era, no me había mentido, pero tampoco me había contado toda la verdad. Nada me habíadicho de aquel extraño tembleque de manos que convertía cada botón, cada cremallera, en tarea de titanes. Nada me había dicho de aquel embrujo de piel pálida y temblorosa, de aquel primer rose de labios ni de aquel espejismo que parecía areder en cada poro de piel. Nada me contó de todo aquello porque sabía que el milagro sólo sucedía una vez y que, al hacerlo, hablaba de un lenguaje de secretos que, a penas se develaban, huían para siempre. Mil veces he querido recuperar esa primera tarde en el caserón de la Avenida del Tibidabo con Bea, en que el rumor de la lluvia se llevó el mundo. Mil veces he querido regresar y perderme en un recuerdo del que apenas puedo rescatar una imagen robada del calor de las llamas. Me incliné sobre ella y recorrí la piel de su vientre con la yema de los dedos. Bea dejó caer los párpados, los ojos y me sonrió, segura y fuerte.
- Hazme lo que quieras -Susurró.
Tenía diecisiete años y la vida en los labios.
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