La soledad es cómoda, pachorra, segura. A mí me gusta estar sola. Porque cuando una está sola siente que la soledad es la norma. La rutina es trabajar, ir a casa, salir con amigas, volver, trabajar, ir a casa, salir a cenar con una compañera del colegio, volver a casa. Conocer a alguien es, en esos casos, la excepción de la norma, el evento extraordinario que llega para transformar la rutina, para alterar el status quo.
Volver a estar sola, en cambio, implica una carencia. Una perdió algo. El estado normal era el anterior y la novedad es no tenerlo. Desaparece la expectativa, el objetivo, el anhelo. Ya no miramos el celular esperando que alguien nos llame, porque nadie va a llamarnos. No esperamos pasar al próximo nivel de una relación, ni que nos digan porfin que nos quieren, que nos presenten a sus padres o nos propongan ir de vacaciones juntos.
Y no hay nada que esperar y, al mismo tiempo, paradójicamente, todo es espera.
Y eso es así hasta que nos olvidamos de haber estado con alguien y estamos solos de nuevo.
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